lunes, 10 de septiembre de 2012

Un lunar en el pie

Desde que asomó, el lunar de mi pie me hipnotiza. Trato de hacérselo entender a Lola, que no es una monomanía, sólo una fascinación como otra cualquiera. Pero ella no me comprende, no quiere ni oír hablar de ello. Entra en la habitación del centro, me ve echada con mis libretas entre las sábanas, con mis inciensos y mis ensoñaciones y resopla con resignación mientras me toma la temperatura. 
Yo le digo que una adulta tiene un promedio de entre 15 y 20 lunares distribuidos por su cuerpo y yo sólo uno, así que es natural que le preste toda mi atención, pero sé ver que Lola no se lo traga, sólo cumple con el ritual de enfermera paciente tratando de disimular que le duele verme así. Porque ambas sabemos que mi lunar no es uno cualquiera. El mío, a diferencia del resto de lunares, transita por mi pie y cada día amanece en un sitio diferente, con un tamaño variable y una forma desafiante. El mío, a diferencia del resto, es un lunar mortal y por eso da saltos y piruetas.

De ahí mi fascinación moribunda. Lola habla de casualidades, contingencias científicas y azares moleculares, que si el sol, la melanina, la capa de ozono y las metástasis. Yo, sin embargo, estoy convencida de que existen los trayectos, los propósitos, y de que este lunar mío del pie quiere decir algo más allá de la química, pero se dirige a nosotras con el lenguaje de los símbolos, y Lola, que ya se reía de mi cámara Kirlian, se me pierde por el camino del racionalismo doctrinal. Yo no, yo, que tengo la cabeza pelona por la quimio y estoy visiblemente en las últimas, soy sin embargo la más indicada para anotar la trayectoria que recorre desde hace dos meses esta mancha caprichosa. 
Precisemos: el lunar de mi pie derecho no es un lunar solar, sino un lunar de luna, un lunar lunar puesto que nació con el último eclipse de luna. Lola y yo nos fuimos de acampada para observarlo y me dormí con el pie fuera del saco. Al día siguiente, lo primero que noté fue una mariposa en la parte posterior del calcáneo. Era una mancha alada y hermosa. Se la enseñé a Lola y pensó que se trataba de una broma de las mías, un simple tatuaje de henna. Salvo que no era henna y dos días después, en lugar de una mariposa, un pequeño tizne con forma de estrella azul hacía orbitar mi pie desde el centro del talón. Y dolía como el parto de un big bang. 
Omitiré la parte médica del asunto, que vinimos al hospital, que los especialistas me hicieron pruebas y me hablaron de melanomas, tratamientos y otras inutilidades a las que sólo Lola prestó atención, en parte por deformación profesional. Y en los días siguientes, un caballito de mar recorrió mi empeine. Era bello y aportaba profundidad epidérmica a mi fascinación. Los médicos pidieron que me quedara interna en el centro y, desde entonces, estoy aquí. Lola me ha traído todos mis bártulos de casa y he comenzado a anotar las formas, tamaños y localizaciones del teleológico lunar. Ha sido un barco pirata en el escafoides amenazando las costas de mis metatarsos; luego un suricata asomando a mi planta fascial como a la llanura esteparia; un teclado musical sin sostenidos, sólo con silencios entre las falanges proximales;  y, finalmente, ayer, un árbol de raíces inciertas que se hundían en mi dedo gordo. 
Lola me dice que me puede la obsesión, que no es bueno, que lo deje, pero en realidad estoy confusa: ¿cómo interpretar tal cantidad de símbolos? ¿Qué hacer con tantos mensajes, con tantas botellas a la deriva en este mar de dudas en el que, a pesar de lo que dice Lola, no cabe ciencia alguna? 
Hasta esta mañana en que he amanecido extrañamente cansada. Cuando he abierto los ojos, me ha sorprendido ver a Lola allí, junto a mi cama, mirando el lunar arbóreo de mi pie con un dolor eclipsado en su rostro. Entonces ha sucedido algo maravilloso: los dedos de mi pie se han anudado; las raíces apecadas, amontonado y por de entre ellas, silencioso como una noche, ha asomado la cabeza el más bello ser que jamás habría podido imaginar. Era oscuro y denso como el chocolate, y me ha sonreído tendiéndome su mano a través de la penumbra de la habitación. Entonces he sentido que todo palpitaba –las paredes, los sonidos, los contornos– y Lola, las sondas y la propia habitación se han hecho más pequeñas y finitas en este universo infinito.

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