martes, 13 de octubre de 2009

El uniforme del general

–Dentro de nada, España volverá a tener una monarquía decente y como tiene que ser –me dijo la noche anterior muy tarde ya, cuando el resto de capitanes y generales habían aplacado su entusiasmo y pudimos quedarnos a solas en el dormitorio–. No más Cubas, Áfricas ni Lisboas, sólo España.
Mi marido se quitó las botas, señal inequívoca de que el día terminaba y también de que la suerte estaba echada.

Después de tantos años, de tantos intentos de asalto al poder, mi marido podría considerarse un experto en la materia. Sin embargo según me escribían desde la capital y yo misma había leído en los diarios, el apellido de mi marido era casi sinónimo de intentona, de amago estúpido, conato corto. "Bah, una sanjurjada", decían con burla desde uno y otro bando dejando nuestro título nobiliario a la altura de una broma.
–Ya verás –me había repetido esa misma noche mi marido- dónde quedan esas patrañas.
Llevaban meses ultimando el último gran golpe, aplazándolo, el definitivo, él, Mola,.... "La situación es insostenible", decían. Yo, tras tanto tiempo de retiro obligado en Lisboa tenía sentimientos encontrados sobre todo esto. Por un lado deseaba fervientemente que partiera a Burgos, encabezara el nuevo gobierno, echara a esos rojos quemaconventos de una vez del poder y pudiéramos regresar a España, pero, por otro, me horrorizaba lo que esto podría suponer, otra vez la vuelta a las andadas de él, los coqueteos, la vergüenza pública de ser engañada con la mujer de algún capitanucho, la misma sífilis...
–Ya te lo he prometido mil veces. No tienes qué temer, tú para mí eres la única –me decía esa noche–. Estar allí o aquí no va a cambiar nada eso. ¿Por qué iba a hacerlo? Anda, acércate un poco. No seas así.
Me acerqué. Él se había reclinado sobre su costado. Llevaba todavía uno de sus uniformes, resplandeciente, impecable incluso al final del día. Decían que era difícil confiar en un hombre así, tan cuidadoso, que pasaba por los días sin arrugar un uniforme. Y sin embargo, fue esto lo que me enamoró de él al principio. Mis brazos sortijeaban su cuello.
–No es eso, Pepe, es que esta vez no es igual. ¿Y si te matan, Pepe? ¿Y si te matan? ¿Qué será de nosotros?
Hizo como si sopesara mis palabras y a continuación me repitió la salmodia que ya me había recitado mil veces ese mismo día.
–Paparruchadas, no me pasará nada. Está todo atado. Las maniobras están siendo rápidas. El norte de África está con nosotros, confío en Queipo para Sevilla, Mola ha dispuesto Pamplona. Muchos me esperan para dar el paso definitivo y poner orden, es cuestión de unos días. No me pasará nada.
–Pero...
–Pero nada, lo que te digo. Y a vosotros menos aún. Ya lo he dispuesto todo. Conforme la situación se aclare mandaré a Ansaldo a recogeros en el mismo avión que me lleva a mí mañana a Burgos. Hasta entonces estaréis muy bien aquí.
-Ya, no es eso. Es que no es seguro para ti.
Mi marido, mi generalito, me agarroó con sus brazos poderosos y me lanzó contra la cama. Tumbada así, con la camisola medio levantada, casi pensé que podría ser como antes, cuando semejante fuerza me arrancaba ensueños y gemidos, antes de los hijos y de esta madurez, que me produce risa y sueño.
–Para para –le interrumpí entre risitas–, no seas tan brusco.
Él recompuso la pose, inclinó de nuevo el cuerpo sobre mí y comenzó a susurrarme seductoramente al oído:
–Te voy a hacer la mujer más afortunada de España, vas a ser la más rica, la más admirada, y la más deseada, ya verás.
Mi marido podía ser muy persuasivo en general y en particular y sobre una cama, más.
–Te vestiré de joyas y te pasearé por los jardines reales en compañía de los más grandes, nada de rojos vagos, los más grandes, los mejores, gente decente y tú brillando en medio de ellos, te lo aseguro.
Acompañaba cada una de sus promesas de delicados y rápidos gestos que hacían desaparecer como sortilegios gitanos las prendas que nos cubrían. Apague las velas más próximas por vergüenza.
–Serás la más mirada de entre todas las mujeres de los generales, y también la más envidiada. Tendrás sirvientes, dinero y tiempo para salir y comprarte los caprichos que desees y todas querrán ser como tú porque tú serás mi mujer y...
Sus palabras penetraban en mi cabeza como zumbidos melosos y juguetones. A partir de ahí era fácil dejarse desnudar, balancear, seducir, mojar, cabalgar, gritar. Yo le escuchaba sílaba por sílaba paladeando de sus labios, obviando las mentiras de tantos años, esas mujeres morenas de las que supe por intuición, y también esas otras que me trajo el aire de los murmullos, la mala prensa.
–Mi generalito.
–Dime eso, dime qué quieres que te haga tu general.
El zumbido dulce, de miel, la invitación al olvido, la promesa del futuro. Todo eso materialicé en mil propuestas desvergonzadas, dame-con-tu-sable-generalito, que le hice. Y él, también perdiendo el norte, en el cénit de una madurez inusualmente grandiosa, estalló en balbuceos espasmódicos y absurdos.
–Sara... Sara... Sara... -evocó en mitad de su desvarío citando el nombre de una mujer que yo no conocía.
Todavía hoy recuerdo perfectamente ese nombre sucio, el nombre del pecado dicho tres veces antes del amanecer y sin redención posible. Tres martillazos peores que cualquier humillación anterior de manos de mi marido y verdugo. Pero mi Pepe, mi hombre traidor, no se sintió traicionado por sus labios finos y torpes, mi general no se percató de nada en su galope incansable hacia el futuro. El muy bruto continuó sin comprobar la ensilladura.
–Te amo, te amo, te amo. Nadie, ah, como tú, ah.
Y con esto dio por concluida su gesta, apaciguando el ritmo, culebreando sobre mi cuerpo, aplastándome sobre el colchón de lana, de vez en cuando clavándose en mí para dejar claro quién llevaba la batuta, pero aún así declinando, cediendo, parando, hasta que por fin escuché su inconfundible ronquido, el ronquido de la bestia que no se molesta ni siquiera en salir. Me zafé de él, empujándolo a un lado, con náuseas y vértigo, sin miedo alguno de despertarlo.
Y no se despertó. Después de todas las campañas, especialmente la de Cuba, el muy animal podía dormirse encima de un caballo a pleno galope, y yo, ahora lo veía claro, venía a ser mucho menos que un caballo o cualquiera de sus hermosos y deslumbrantes uniformes. Yo no le merecía ni la atención que se le presta a la meretriz. A cuántas mujeres habría prometido lo mismo el muy canalla, a cuántas habría llenado de infundios y vanos anhelos, "dejaré-a-mi-mujer-mañana-mismo". O peor aún, encima de cuántas se habría desplomado sin decoro una vez conseguido el asalto. Aquella noche, que fue la última, no dormí. No podía quitarme sus zarpas de encima, las zarpas de este animal bello e idiota.
Del día siguiente se ha escrito mucha literatura. Que si fue un accidente. Que si Franco lo hizo asesinar. Que si no... Se ha escrito incluso demasiada literatura. Diré lo que pasó. La verdad es mucho más simple, os dejo a vosotros el destruir este testimonio o el hacerlo público.
Al día siguiente, nos levantamos temprano. Mientras mi marido recibía descorazonadoras noticias de Madrid (Fanjul permanecía atrincherado en el Campamento de la Montaña sin demasiadas esperanzas de éxito), mi hermana y yo ultimábamos el equipaje del general.
–¿Para qué tantos uniformes? -preguntaba la pobre- ¿No bastaría con el de campaña, uno de respuesto y el de ceremonias?
–Cada uno de sus gestos servirá para imbuir de moral a la tropa. Cada uniforme es una victoria y le esperan desfiles y mil reuniones.
Lo metimos todo en un baúl enorme y llamamos a un par de hombres para que lo transportaran a la pista del hipódromo mientras mi marido terminaba de dar las últimas instrucciones. No cesaban de llegarle noticias, buenas, malas, inciertas casi siempre. Al rato salió del despacho en compañía de varios militares más, se ajustó la chaqueta y la corbata e hizo disponer los últimos detalles para su marcha. Yo lo miraba hacer, con el sabor a náusea reciente de la noche anterior. Vestido de autoridad y de un plan se crecía, jinete apocalíptico con su solución para la felicidad nacional.
Salimos a la pista. Allí estaba Juan Antonio Ansaldo, su piloto de confianza, el hombre que había recorrido media Europa, para hacer posible parte del Alzamiento. También estaban algunos amigos. Le estrechaban las manos. Yo le besé. No sentía nada. Él sonreía y se despedía con un hasta pronto de la gente. Mi hermana también se acercó. Ansaldo comprobaba los paneles de control del avión una vez más. Era un aparato pequeño de algo más de siete metros, aunque en ese mismo instante ni me fijé, sólo sé que me dije que me parecía un prodigio que aquella cosa se levantara sobre el suelo y los llevara a 500 kilómetros de allí en un suspiro de tres horas y media.
–Increíble, ¿verdad? –me dijo Ansaldo.
–Sí, es algo que escapa a mi entendimiento –respondí.
Ansaldo me miró muy seriamente en un aparte.
–¿Sabe? Me preocupa el baúl tan grande que ha dispuesto para su marido. Creo que pesa demasiado.
–Tonterías. Necesita todo lo que hay dentro -repuse. Y pensé en todas las condecoraciones, en las botas, en cada una de las chaquetas que componían el equipaje de mi marido, cuidadosamente apiladas, compactas para ocupar el mínimo espacio.
–¿No cree que podríamos aligerarlo de algún modo? -insistió.
Mi marido, que había escuchado la conversación, se acercó.
–¿Qué pasa, Ansaldo? ¿Despegamos?
–Estaba diciendo que llevamos demasiado peso encima.
–Jajaja –se rió–, ¿insinuas que he de ir de estas fachas a presidir el gobierno?
–No, no es eso.
–¿Tú qué dices? –zanjó mi marido mirándome fijamente con sus ojos de fuego, de pájaro de bello plumaje, coqueto y pendenciero.
Una idea loca pasó mi cabeza. Aquel avionzucho no aguantaría nada. Era pasto metálico del viento. Bastaba mirarlo. Se caería al primer empellón. No era un presentimiento, era una realidad. Las aluchas se doblarían como si las lamiera una lengua de fuego a la primera de cambio. Como un pichón sin envergadura para desplegar su vuelo, se alzaría y luego un torbellino de mala suerte lo escupiría al suelo del que nunca debería haber salido. Eso es lo que pasaría, pensé, eso y nada más. Sonreí. Eso y nadísima más.
–Un general ha de vestir como corresponde –concluí con alegría.
–Ya has oído. El baúl se queda.
El resto ya lo sabéis. Ansaldo y mi marido montaron. Juan Antonio hizo despegar al avión. Se elevó ligeramente, lo suficiente como para pasar rozando la línea de pinos al final de la pista. El aparato tropezó con el aire en ese punto e inició lo que Ansaldo llamó un aterrizaje forzoso. Todos gritamos a un lado de la pista cuando la avioneta se estrelló contra aquel muro del sembrado, mi marido, el ave sagaz yaciente con el sueño del retorno de la monarquía y de una tal Sara por los suelos. Y su baúl también, medio abierto, con su última condecoración brillando sobre la tierra.

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