sábado, 16 de febrero de 2013

El fin del mundo

Adrián llevaba toda la mañana en el parque mirando a su hermana pequeña con el humor de un príncipe destronado. Sólo cuando constató que sus padres se dieron la vuelta, se decidió por fin a tomarse la justicia por su mano. Fue justo cuando Alicia sopló su mejor pompa de jabón.
Se trataba de una burbuja oblonga, descomunal, milagrosa en cualquier caso para los pulmones de una niña tan pequeña. Y sin embargo, allí se expandía burlona ante sus ojos una pompa perfecta de paredes irisadas. Adrián dudó un momento, en parte hipnotizado por los reflejos espectrales y en parte maravillado ante su capacidad expansiva. Pero enseguida retomó su impulso original y, de un manotazo certero, hizo explotar la pompa sobre su hermana.
Los habitantes de aquel planeta minúsculo e inalcanzable apenas supieron que jamás habría un día siguiente. Tampoco sintieron el impacto previo que precedió a su nada. Con el mismo capricho del suflo de vida inicial, tuvo lugar la explosión y el grito colectivo final. Su no-existencia apenas tuvo consecuencias:
–¡Mira cómo me has puesto! –gimoteó Alicia cuando aquella constelación de agua y jabón le cayó encima–. ¡Mi pompa!
Entonces sus padres le dirigieron una mirada cargada de reproche. Adrián trató de disimular su satisfacción mientras que en algún lugar próximo aunque inaccesible, un lugar que vibraba en una frecuencia diferente a la de sus cuerpos, una escena paralela acontecía:
Ajenos a las vicisitudes de los seres materiales, dos entes de klas apostaban sobre el efecto que tendría en su realidad el cruce de dos frecuencias opuestas. Ninguno de los dos, claro está, escuchó el grito colectivo de la humanidad antes de su extinción. Tampoco quedó registrado en ninguno de sus 43 sentidos la desaparición de materia alguna. En realidad, lo único relevante al final de su unidad temporal fue quién de los dos ganó la apuesta.

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