martes, 26 de febrero de 2013

El tic

Raúl me mira a los ojos y yo no puedo dejar de mirarle la nariz.
–...o quizás es que no me quieres –le insisto.
–Claro que te quiero.
Acabo de descubrir que las aletas de su napia son capaces del movimiento y necesito averiguar a qué lógica obedece esta contracción.
–¿Y cómo lo sabes?
La nariz de Raúl entonces sufre una sacudida.
–Te quiero porque eres diferente de todas las mujeres que he conocido en toda mi vida. Te quiero más que a mí mismo –me dice.
–¿Y si te engañas a ti mismo sin saberlo?
Sus dos agujeros nasales se contraen y dilatan en un big bang olfatorio. Tengo la impresión de haber tocado el epicentro de sus temores. Se retuerce aparentemente angustiado.
–Mirándome a los ojos. ¿No eres capaz de leer en ellos que te quiero de verdad? ¡Mírame a los ojos!
Pero yo sólo puedo mirarle a la nariz.
–¿Y cómo quieres que no dude? –le digo–. ¿Qué pruebas tengo yo de que me quieres?
Entonces, la protuberancia que tiene Raúl por nariz emprende el vuelo. Veo sus aletas abrirse, desplegarse y mostrar su envergadura.
–Te quiero, te q u i e r o.
Pero yo no puedo obviar las cabriolas de su pituitaria. Su trayectoria me atrapa, y guardo silencio.
–¿Qué quieres que haga? –me increpa–. ¿Que me mate para demostrártelo?
Y aterriza. Su órgano olfatorio regresa como si nada al centro de su cara. Ligeramente convulso, palpita exhausto tras el vuelo.
–A lo mejor tendría que creerte.
La nariz de Raúl tiembla todavía.
–Claro que sí –me dice.
Pero entonces le insisto:
–¡Eso es lo que yo querría, creerte! ¿Pero quién me asegura que no te equivocas cuando dices que me quieres?
Y Raúl de repente parece cansado:
–Mira, sólo sé que te digo que te quiero y tú me acosas con preguntas. ¿Pues sabes qué? Que ya está bien, me aturdes, me hartas...
Parpadeo varias veces para asegurarme de que no me equivoco. Efectivamente, esta vez la nariz de Raúl no ha temblado lo más mínimo. Me relajo y sé que he acertado de lleno. Ahora sí, ya puedo mirarle a los ojos.
–...o quizás es que no me quieres –concluyo.

(Basado en el cuento La fe, de Quim Monzó)

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