jueves, 23 de abril de 2015

Paracuak

Una bola de plumas blanca y vaporosa rueda por el suelo de tierra. Se detiene y abandona su forma esférica. De un lado asoma una pata; del otro, la segunda. Ambas se posan sobre la tierra, se estiran, elevan la cuasi-esfera plumífera un par de palmos sobre el suelo. 
El niño la mira con sorpresa. Han tocado la sirena y tendría que volver a clase pero no puede irse de allí justo cuando se le presenta la oportunidad de asistir al evento insólito de un paracuak naciendo. El paracuak despega de su tronco un ala y luego la otra. Sin prisa, deja transcurrir unos segundos. Finalmente desenrolla su cuello como si fuera una bufanda y queda cara a cara con el niño.
El niño y el paracuak se miran a solas en el patio del recreo. Los dos parpadean y se observan como dignos animales exóticos.

Apenas un segundo después el paracuak saca su lengua y envuelve con ella al niño, que no grita ni se defiende. No la cabeza, no un brazo, no el torso: el paracuak en realidad lo engulle y deglute por completo. Luego desciende, enrolla su cuello-bufanda, pliega un ala, tranquilamente la otra, se deja caer dos palmos, recoge una pata, y la otra, hasta que vuelve a ser esa interesante bola de plumas que rueda por el suelo de tierra de un patio de recreo. 

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