martes, 7 de enero de 2014

Seguridad ciudadana

En la zona de espera unos rótulos cálidos y luminosos le indicaron que su casa estaba segura, su coche, su trabajo, su mujer. Y pensando en todo lo que tenía, el hombre se puso a la cola y aguardó su turno. 

Luego, las fuerzas del orden irrumpieron: 

 –¡Los del sector F, sepárense! 

El hombre no reaccionó. Sus pies se hicieron pesados como buques que se varan en el asfalto, hasta que uno de los uniformados lo golpeó con su arma.

–¡Venga, venga, venga! ¡Sector F! ¿Es que está sordo? 

El hombre marchó a trompicones y miró aturdido en derredor. Un sudor viscoso se apelmazó en sus sienes como si fuera plastilina, el sabor ferroso de la sangre le inundó la boca y pensó que era posible que nada estuviera seguro ya, ni su coche, ni su casa, ni su trabajo, ni su mujer. Pero aún no lo sabía. 

Los uniformados hicieron desfilar a todo el sector F –golpearon a algunos; a otros se los llevaron y no los devolvieron; alguien oyó disparos– hasta diezmarlos. Y al cabo de las horas, cuando nadie se resistió ni siquiera con la mirada, los soltaron gritándoles: 

 –¡No lo olvidéis! ¡Mañana también estaremos aquí! 

Paralizado, el hombre no reaccionó hasta que unos brazos lo empujaron con violencia. 

–¡Largo! ¡Largo de aquí! 

 Los soldados se rieron. Entonces, sí, el hombre recuperó la movilidad, suspiró aliviado y notó que sus pies se aligeraban. Corrió de regreso a la zona de espera donde un rótulo les indicaba que no tenían nada que temer, que sus casas, sus coches, sus trabajos o sus mujeres estaban seguros, y aguardó su turno. Cada día era la misma historia.

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