lunes, 17 de junio de 2013

Diario de un emigrante (5 de 5)

Era obligatorio quejarse en aquel país. La falta de motivos no era excusa. Había quien lo hacía a la perfección, con muecas distinguidas, casi señoriales. La queja más elevada era contundente y dejaba sin réplicas al interlocutor. Incluso los felices se quejaban. Los veías por la calle mordiendo disimuladamente un limón para hacer acopio de disgusto. Pero los muy felices no engañaban a nadie, sus quejas eran alegres, y al poco emigraban a otro país.

Nota: gracias a  LP por ayudarme a publicar esto.

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